Somos cinco amigos, hemos salido uno detrás del otro de una
casa; el primero salió y se colocó junto a la puerta; luego salió el segundo, o
mejor se deslizó tan ligero como una bolita de mercurio, y se situó fuera de la
puerta y no muy lejos del primero; luego salió el tercero, el cuarto y, por
último, el quinto. Al final formábamos una fila. La gente se fijó en nosotros,
nos señalaron y dijeron: «Los cinco acaban de salir de esa casa». Desde aquella
vez vivimos juntos. Sería una vida pacífica, si no se injiriera continuamente
un sexto. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que es suficiente. ¿Por qué
quiere meterse donde nadie lo quiere? No lo conocemos y tampoco queremos
acogerlo entre nosotros. Si bien es cierto que nosotros cinco tampoco nos
conocíamos con anterioridad y, si se quiere, tampoco ahora, lo que es posible y
tolerado entre cinco, no es posible ni tolerado en relación con un sexto.
Además, somos cinco y no queremos ser seis. Y qué sentido tendría ese continuo
estar juntos. Tampoco entre nosotros cinco tiene sentido, pero, bien, ya
estamos juntos y así permanecemos, pero no queremos una nueva unión, y
precisamente a causa de nuestras experiencias. ¿Cómo se le podría enseñar todo
al sexto? Largas explicaciones significarían ya casi un a acogida tácita en el
grupo. Así, preferimos no aclarar nada y no le acogemos. Si quiere abrir el
pico, lo echarnos a codazos, pero si insistimos en echarlo, regresa.lunes, 31 de octubre de 2016
Comunidad, de Franz Kafka (1920)
Somos cinco amigos, hemos salido uno detrás del otro de una
casa; el primero salió y se colocó junto a la puerta; luego salió el segundo, o
mejor se deslizó tan ligero como una bolita de mercurio, y se situó fuera de la
puerta y no muy lejos del primero; luego salió el tercero, el cuarto y, por
último, el quinto. Al final formábamos una fila. La gente se fijó en nosotros,
nos señalaron y dijeron: «Los cinco acaban de salir de esa casa». Desde aquella
vez vivimos juntos. Sería una vida pacífica, si no se injiriera continuamente
un sexto. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que es suficiente. ¿Por qué
quiere meterse donde nadie lo quiere? No lo conocemos y tampoco queremos
acogerlo entre nosotros. Si bien es cierto que nosotros cinco tampoco nos
conocíamos con anterioridad y, si se quiere, tampoco ahora, lo que es posible y
tolerado entre cinco, no es posible ni tolerado en relación con un sexto.
Además, somos cinco y no queremos ser seis. Y qué sentido tendría ese continuo
estar juntos. Tampoco entre nosotros cinco tiene sentido, pero, bien, ya
estamos juntos y así permanecemos, pero no queremos una nueva unión, y
precisamente a causa de nuestras experiencias. ¿Cómo se le podría enseñar todo
al sexto? Largas explicaciones significarían ya casi un a acogida tácita en el
grupo. Así, preferimos no aclarar nada y no le acogemos. Si quiere abrir el
pico, lo echarnos a codazos, pero si insistimos en echarlo, regresa.
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