Somos cinco amigos, hemos salido uno detrás del otro de una
casa; el primero salió y se colocó junto a la puerta; luego salió el segundo, o
mejor se deslizó tan ligero como una bolita de mercurio, y se situó fuera de la
puerta y no muy lejos del primero; luego salió el tercero, el cuarto y, por
último, el quinto. Al final formábamos una fila. La gente se fijó en nosotros,
nos señalaron y dijeron: «Los cinco acaban de salir de esa casa». Desde aquella
vez vivimos juntos. Sería una vida pacífica, si no se injiriera continuamente
un sexto. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que es suficiente. ¿Por qué
quiere meterse donde nadie lo quiere? No lo conocemos y tampoco queremos
acogerlo entre nosotros. Si bien es cierto que nosotros cinco tampoco nos
conocíamos con anterioridad y, si se quiere, tampoco ahora, lo que es posible y
tolerado entre cinco, no es posible ni tolerado en relación con un sexto.
Además, somos cinco y no queremos ser seis. Y qué sentido tendría ese continuo
estar juntos. Tampoco entre nosotros cinco tiene sentido, pero, bien, ya
estamos juntos y así permanecemos, pero no queremos una nueva unión, y
precisamente a causa de nuestras experiencias. ¿Cómo se le podría enseñar todo
al sexto? Largas explicaciones significarían ya casi un a acogida tácita en el
grupo. Así, preferimos no aclarar nada y no le acogemos. Si quiere abrir el
pico, lo echarnos a codazos, pero si insistimos en echarlo, regresa.lunes, 31 de octubre de 2016
Comunidad, de Franz Kafka (1920)
Somos cinco amigos, hemos salido uno detrás del otro de una
casa; el primero salió y se colocó junto a la puerta; luego salió el segundo, o
mejor se deslizó tan ligero como una bolita de mercurio, y se situó fuera de la
puerta y no muy lejos del primero; luego salió el tercero, el cuarto y, por
último, el quinto. Al final formábamos una fila. La gente se fijó en nosotros,
nos señalaron y dijeron: «Los cinco acaban de salir de esa casa». Desde aquella
vez vivimos juntos. Sería una vida pacífica, si no se injiriera continuamente
un sexto. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que es suficiente. ¿Por qué
quiere meterse donde nadie lo quiere? No lo conocemos y tampoco queremos
acogerlo entre nosotros. Si bien es cierto que nosotros cinco tampoco nos
conocíamos con anterioridad y, si se quiere, tampoco ahora, lo que es posible y
tolerado entre cinco, no es posible ni tolerado en relación con un sexto.
Además, somos cinco y no queremos ser seis. Y qué sentido tendría ese continuo
estar juntos. Tampoco entre nosotros cinco tiene sentido, pero, bien, ya
estamos juntos y así permanecemos, pero no queremos una nueva unión, y
precisamente a causa de nuestras experiencias. ¿Cómo se le podría enseñar todo
al sexto? Largas explicaciones significarían ya casi un a acogida tácita en el
grupo. Así, preferimos no aclarar nada y no le acogemos. Si quiere abrir el
pico, lo echarnos a codazos, pero si insistimos en echarlo, regresa.viernes, 21 de octubre de 2016
Debido al deterioro de su salud, el escritor Gabriel García
Márquez anunció su retiro de la vida pública en noviembre de 2013 con una carta
donde detalla lo que haría si le "regalaran un trozo de vida" como
presagio de su muerte.
“Si por un instante Dios se
olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida,
aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera. Posiblemente no diría todo lo que
pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.
Dormiría poco, soñaría más,
entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos
de luz.
Andaría cuando los demás se
detienen, despertaría cuando los demás duermen.
Si Dios me obsequiara un trozo de
vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no
solamente mi cuerpo, sino mi alma.
A los hombres les probaría cuán
equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber
que envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño le daría alas, pero le
dejaría que él solo aprendiese a volar.
A los viejos les enseñaría que la
muerte no llega con la vejez, sino con el olvido.
Tantas cosas he aprendido de
ustedes, los hombres… He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de
la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la
escarpada.
He aprendido que cuando un recién
nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo
tiene atrapado por siempre.
He aprendido que un hombre sólo
tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse.
Son tantas cosas las que he
podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrá de servir, porque
cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo.
Trata de decir siempre lo que
sientes y haz siempre lo que piensas en lo más profundo de tu corazón.
Si supiera que hoy fuera la
última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor
para poder ser el guardián de tu alma.
Si supiera que estos son los
últimos minutos que te veo, te diría “Te Quiero” y no asumiría, tontamente, que
ya lo sabes.
Siempre hay un mañana y la vida
nos da siempre otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me
equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero,
que nunca te olvidaré.
El mañana no lo está asegurado a
nadie, joven o viejo. Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas. Por
eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si mañana nunca llega, seguramente
lamentaras el día que no tomaste tiempo para una sonrisa, un abrazo un beso y
que estuviste muy ocupado para concederles un último deseo.
Mantén a los que amas cerca de
ti, diles al oído lo mucho que los necesitas, quiérelos y trátalos bien, toma
tiempo para decirles, “lo siento” “perdóname”, “por favor”, “gracias” y todas
las palabras de amor que conoces.
Nadie te recordará por tus nobles
pensamientos secretos. Pide al Señor la fuerza y sabiduría para expresarlos.
Finalmente, demuestra a tus
amigos y seres queridos cuanto te importan".
lunes, 10 de octubre de 2016
Poema sobre la vejez, de José Saramago
¿Qué cuántos años tengo?
¡Tengo la edad que quiero y siento!
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido...
Pues tengo la experiencia de los años vividos
y la fuerza de la convicción de mis deseos.
¡Qué importa cuántos años tengo!
¡No quiero pensar en ello!
Pues unos dicen que ya soy viejo,
y otros "que estoy en el apogeo".
Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice,
sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.
Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso,
para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos,
rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen por qué decir: ¡Estás muy joven, no lo lograrás!...
¡Estás muy viejo, ya no podrás!...
Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma,
pero con el interés de seguir creciendo.
Tengo los años en que los sueños
se empiezan a acariciar con los dedos,
las ilusiones se convierten en esperanza.
Tengo los años en que el amor
a veces es una loca llamarada,
ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.
y otras... es un remanso de paz, como el atardecer en la playa.
¿Qué cuántos años tengo?
No necesito marcarlos con un número,
pues mis anhelos alcanzados,
mis triunfos obtenidos,
las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones
truncadas...
¡Valen mucho más que eso!
¡Qué importa si cumplo cincuenta, sesenta o más!
Pues lo que importa: ¡es la edad que siento!
Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero,
pues llevo conmigo la experiencia adquirida
y la fuerza de mis anhelos
¿Qué cuántos años tengo?
¡Eso!... ¿A quién le importa?
Tengo los años necesarios para perder ya el miedo
y hacer lo que quiero y siento!!
Qué importa cuántos años tengo.
o cuántos espero, si con los años que tengo,
¡¡aprendí a querer lo necesario y a tomar solo lo bueno!!
miércoles, 28 de septiembre de 2016
Aquí estoy yo, Luis Fonsi
Aquí estoy yo para hacerte reír una vez más
Confía en mí, deja tus miedos atrás y ya te verás
Aquí estoy yo con un beso quemándome los labios
Es para ti, puede tu vida cambiar, déjame entrar
Le pido al sol que una estrella azul
Viaje hasta a ti y te enamore su luz
Aquí estoy yo, abriéndote mi corazón
Llenando tu falta de amor, cerrándole el paso al dolor
No temas, yo te cuidaré, solo acéptame.
Aquí estoy para darte mi fuerza y mi aliento
y ayudarte a pintar mariposas en la oscuridad, serán de verdad.
Quiero ser yo el que despierte en ti un nuevo sentimiento
y te enseñe a creer y entregarte otra vez sin medir los abrazos quedes.
Le pido a Dios, un toque de inspiración
Para decir lo que tú esperas oír de mí.
Aquí estoy yo, abriéndote mi corazón
Llenando tu falta de amor, cerrándole el paso al dolor
No temas, yo te cuidaré, solo acéptame
Dame tus alas, las voy a curar
y de mi mano te invito a volar.
Aquí estoy yo
(Aquí estoy yo)
Abriéndote mi corazón
(Ay, mi corazón)
Llenando tu falta de amor
(Tu falta de amor)
Cerrándole el paso al dolor
(Al dolor)
No temas, yo te cuidaré
(Te cuidaré)
Siempre te amaré
Letra de Luis Fonsi,
Claudia Brant y Gen Reuben
lunes, 19 de septiembre de 2016
Ojos de perro azul (1950), Gabriel García Márquez
Entonces me miró. Yo creía que
me miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta por detrás del
velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y
oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por primera vez. Encendí un
cigarrillo. Tragué el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento,
equilibrándolo sobre una de las patas posteriores. Después de eso la vi ahí,
como había estado todas las noches, parada junto al velador, mirándome. Durante
breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirarnos. Yo mirándola
desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de
pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome. Le veía los
párpados iluminados como todas las noches. Fue entonces cuando recordé lo de
siempre, cuando le dije: «Ojos de perro azul». Ella me dijo, sin retirar la
mano del velador: «Eso. Ya no lo olvidaremos nunca». Salió de la órbita
suspirando: «Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes».
La vi caminar hacia el
tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final
de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome con sus grandes
ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar
rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y
volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: «Temo que
alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas»; y tendió sobre la
llama la misma mano larga y trémula que había estado calentado antes de
sentarse al espejo. Y dijo: «No sientes el frío». Y yo le dije: «A veces». Y
ella me dijo: «Debes sentirlo ahora». Y entonces comprendí por qué no había
podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi
soledad. «Ahora lo siento ―dije―. Y es raro, porque la noche está quieta. Tal
vez se me ha rodado la sábana». Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse
hacia el espejo y volví a girar sobre el asiento para quedar de espaldas a
ella. Sin verla sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez sentada
frente al espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar
hasta el fondo del espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para
llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella, que
también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar
―antes que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta― hasta los
labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta de la mano
frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la pared lisa, que era como otro espejo
ciego, donde yo no la veía a ella ―sentada a mis espaldas―, pero imaginándola
dónde estaría si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. «Te veo»,
le dije. Y vi en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y me hubiera
visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia
la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos
quietos en su corpiño, sin hablar. Y yo volví a decirle: «Te veo». Y ella
volvió a levantar los ojos desde su corpiño. «Es imposible», dijo. Yo pregunté
por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos en el corpiño: «Porque tienes la
cara vuelta hacia la pared». Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el
cigarrillo apretado en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra
vez junto al velador. Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos
abiertas alas de gallina, asándose, y con el rostro sombreado por sus propios
dedos. «Creo que me voy a enfriar ―dijo―. Esta debe ser una ciudad helada».
Volvió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente
triste. «Haz algo contra eso», dije. Y ella empezó a desvestirse, pieza por
pieza, empezando por arriba; por el corpiño. Le dije: «Voy a voltearme contra
la pared». Ella dijo: «No. De todos modos me verás, como me viste cuando
estabas de espaldas». Y no había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida
casi por completo, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. «Siempre
había querido verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros,
como si te hubieran hecho a palos». Y antes que yo cayera en la cuenta de que
mis palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó
inmóvil, calentándose en la órbita del velador, y dijo: «A veces creo que soy
metálica». Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre la llama
varió levemente. Yo dije: «A veces, en otros sueños, he creído que no eres sino
una estatuilla de bronce en el rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes
frío». Y ella dijo: «A veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el
cuerpo se me vuelve huevo y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre
me golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos
en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera
así como tú dices: de metal laminado». Se acercó más al velador. «Me habría gustado
oírte», dije. Y ella dijo: «Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis
costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar.
Siempre he deseado que lo hagas alguna vez». La oí respirar hondo mientras
hablaba. Y dijo que durante años no había hecho nada distinto de eso. Su vida
estaba dedicada a encontrarme en la realidad, al través de esa frase
identificadora. «Ojos de perro azul». Y en la calle iba diciendo en voz alta,
que era una manera de decirle a la única persona que habría podido entenderla:
«Yo soy la que llega a tus
sueños todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul». Y dijo que iba a
los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: «Ojos de
perro azul». Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que
hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las
servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: «Ojos de perro
azul». Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos
los edificios públicos, escribía con el índice: «Ojos de perro azul». Dijo que
una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su
habitación una noche, después de haber soñado conmigo. «Debe estar cerca»,
pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería. Entonces se acercó
al dependiente y le dijo «Siempre sueño con un hombre que me dice: “Ojos de
perro azul”». Y dijo que el vendedor la había mirado a los ojos y le dijo: «En
realidad, señorita, usted tiene los ojos así». Y ella le dijo: «Necesito
encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo». Y el vendedor se echó a
reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el
embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y
escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín
para labios: «Ojos de perro azul». El vendedor regresó de donde estaba. Le
dijo: «Señorita, usted ha manchado el embaldosado». Le entregó un trapo húmedo,
diciendo: «Límpielo». Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la
tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo: «Ojos de perro azul», hasta
cuando la gentes se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.
Ahora, cuando acabó de
hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla. «Yo
trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte ―dije― .
Ahora creo que mañana no lo olvidaré. Sin embargo, siempre he olvidado al
despertar cuáles son las palabras con que puedo encontrarte». Y ella dijo: «Tú
mismo las inventaste desde el primer día». Y yo le dije: «Las inventé porque te
vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a la mañana siguiente . Y ella,
con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo: «Si por lo menos
pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo».
Sus dientes apretados
relumbraron sobre la llama. «Me gustaría tocarte ahora», dije. Ella levantó el
rostro que había estado mirando la lumbre: levantó la mirada ardiendo, asándose
también como ella, como sus manos: y yo sentí que me vio, en el rincón, donde
seguía sentado, meciéndome en el asiento. «Nunca me habías dicho eso», dijo.
«Ahora lo digo y es verdad», dije. Al otro lado del velador ella pidió un
cigarrillo. La colilla había desaparecido de entre mis dedos. Había olvidado
que estaba fumando. Dijo: «No sé por qué no puedo recordar dónde lo he
escrito». Y yo le dije: «Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las
palabras». Y ella dijo, triste: «No. Es que a veces creo que eso también lo he
soñado». Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella estaba un poco más
allá, y yo seguía caminando, con los cigarrillos y los fósforos en la mano, que
no pasaría el velador. Le tendí el cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios
y se inclinó para alcanzar la llama, antes que yo tuviera tiempo de encender el
fósforo. «En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar
escritas esas palabras: “Ojos de perro azul” dije―. Si mañana las recordara
iría a buscarte». Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida
en los labios. «Ojos de perro azul», suspiró, recordando, con el cigarrillo
caído sobre la barba y un ojo a medio cerrar. Aspiró después el humo, con el
cigarrillo entre los dedos, y exclamó: «Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en
calor». Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si no lo hubiera
dicho realmente sino como si lo hubiera acercado el papel a la llama mientras
yo leía: «Estoy entrando ―y ella hubiera seguido con el papelito entre el
pulgar y el índice, dándole vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa
de leer ― ...en calor», antes que el papelito se consumiera por completo y
cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza.
«Así es mejor ―dije―. A veces me da miedo verte así. Temblando junto al
velador».
Nos veíamos desde hacía
varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer afuera
una cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido comprendiendo que
nuestra amistad estaba subordinada a las cosas, a los acontecimientos más
simples. Nuestros encuentros terminaban siempre así, con el caer de una
cucharita en la madrugada.
Ahora, junto al velador,
me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde
aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y
quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que
le pregunté por primera vez: «¿Quién es usted?». Y ella me dijo: «No lo
recuerdo». Yo le dije: «Pero creo que nos hemos visto antes». Y ella dijo,
indiferente: «Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto». Y yo
le dije: «Eso es. Ya empiezo a recordarlo». Y ella dijo: «Qué curioso. Es
cierto que nos hemos encontrado en otros sueños».
Dio dos chupadas al
cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé
mirándola de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre; pero no ya
de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando, maleable. «Me gustaría
tocarte», volvía a decir. Y ella dijo: «Lo echarías todo a perder ―volvió a
decir, antes que yo pudiera tocarla―. Tal vez, si das la vuelta por detrás del
velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo». Pero
yo insistí: «No importa». Y ella dijo: «Si diéramos vuelta a la almohada,
volveríamos a encontrarnos. Pero tú, cuando despiertes, lo habrás olvidado».
Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó atrás, calentándose las manos
sobre la llama. Y todavía no estaba yo junto al asiento cuando le oí decir a
mis espaldas: «Cuando despierto a medianoche, me quedo dando vueltas en la
cama, con los hilos de la almohada ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta
el amanecer: “Ojos de perro azul”».
Entonces yo me quedé con
la cara contra la pared. «Ya está amaneciendo ―dije sin mirarla―. Cuando dieron
las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato». Yo me dirigí hacia la
puerta. Cuando tenía agarrada la manivela, oí otra vez su voz igual, invariable:
«No abras esa puerta ―dijo―. El corredor está lleno de sueños difíciles». Y yo
le dije: «Cómo lo sabes?». Y ella me dijo: «Porque hace un momento estuve allí
y tuve que regresar cuando descubrí que estaba dormida sobre el corazón». Yo
tenía la puerta entreabierta. Moví un poco la hoja y un airecillo frío y tenue
me trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo húmedo. Ella habló otra vez.
Yo di la vuelta, moviendo todavía la hoja montada en goznes silenciosos, y le
dije: «Creo que no hay ningún corredor aquí afuera. Siento el olor del campo».
Y ella, un poco lejana ya, me dijo: «Conozco esto más que tú. Lo que pasa es
que allá afuera está una mujer soñando con el campo». Se cruzó de brazos sobre
la llama. Siguió hablando: «Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa
en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad». Yo recordaba haber visto la
mujer en algún sueño anterior, pero sabía, ya con la puerta entreabierta, que
dentro de media hora debía bajar al desayuno. Y dije: «De todos modos, tengo
que salir de aquí para despertar».
Afuera el viento aleteó un
instante, se quedó quieto después y se oyó la respiración de un durmiente que
acababa de darse vuelta en la cama. El viento del campo se suspendió. Ya no
hubo más olores. «Mañana te reconoceré por eso ―dije―. Te reconoceré cuando vea
en la calle una mujer que escriba en las paredes: “Ojos de perro azul”». Y
ella, con una sonrisa triste ―que era ya una sonrisa de entrega a lo imposible,
a lo inalcanzable―, dijo: «Sin embargo no recordarás nada durante el día». Y
volvió a poner las manos sobre el velador, con el semblante oscurecido por una
niebla amarga: «Eres el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo
que ha soñado».
"El arte
tiene de especial y de bueno que en él no se puede mentir… Se puede mentir en
el amor, en la política, en medicina, puede uno engañar a la gente y hasta al
mismo Dios, ha habido casos… Pero en el arte no se puede engañar… Ya ve, a
menudo me echan en cara, hasta Tolstói, me lo ha dicho, que escribo sobre
bobadas, que no tengo héroes positivos, revolucionarios, Alejandro de Macedonia
o siquiera, como en las obras de Leskov, un guardia honesto… ¿Pero dónde
encontrarlos? ¡Me encantaría! ¿Pero dónde están? Nuestra vida provinciana, las
ciudades sin pavimentar, los pueblos, sumidos en la pobreza, la gente hecha
trizas… Todos cuando somos jóvenes piamos felices como gorriones en el
estiércol, pero cuando tenemos cuarenta ya somos viejos y empezamos a pensar en
la muerte… ¿Nosotros, unos héroes?… Dice usted que ha llorado en mis obras… No
es para eso que las he escrito. Lo he hecho para decir a la gente sólo una
cosa: “Miraos bien y fijaos en la vida inútil y triste que lleváis”. Lo más
importante es que la gente se dé cuenta de esto. Y cuando lo entiendan seguro
que construirán otra vida, una vida mejor… Yo no lo veré, pero lo sé, será una
vida completamente nueva… ¿Y los que ya lo han entendido? Bien, éstos ya
encontrarán el camino sin mí… Bueno, vámonos a dormir, se acerca una tormenta
(…)".
Antón Chéjov
sábado, 13 de agosto de 2016
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